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Trilogía Sieteaguas

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hace 5 años y 1 mes
Por Isabel Del Castillo
Modificado posteriormente el 6 d octubre dl 2013 a las 1:35 PM

Un cuento puede empezar de muchas maneras. Por ello, un cuento es muchos cuentos y, al mismo tiempo, cada uno de ellos sólo es una manera de contar la misma historia.

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hace 5 años y 1 mes
Por Isabel Del Castillo

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Enigmas de los dioses del México antiguo - Trilogía

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hace 5 años y 1 mes
Por Isabel Del Castillo
Modificado posteriormente el 3 d octubre dl 2013 a las 6:23 PM

El sonido de las cadenas arrastrando por el piso jamás taladró tanto ni fue tan lúgubre en el recién construido monasterio de la Ordo Praedi-catorum en Atotonilco, como la madrugada del primero de noviembre de 1556. Justo al dar la medianoche los siete frailes provinciales de la Ordo Frátrum Minórum, acusados de herejía' y traición a la corona española de Felipe II, fueron ingresados —con las cabezas cubiertas con tapujos negros y encadenados de pies y manos— al pequeño monasterio tras un recorrido a pie de diecisiete leguas desde México. La comitiva, dirigida por otros diez frailes de la Orden de Predicadores, llevaba por mandato entregar a los confinados a más tardar antes del amanecer. Fray Alonso de Azanza los recibió en la entrada con su hábito blanco, túnica, escapulario, capucha, capa negra y una cruz de Calatrava que le colgaba del cuello.

—Laudare, Benedicere, Praedicare —dijo al abrir la pesada puerta de madera. (El lema de la Orden Dominicana: Alabar, Bendecir y Predicar.)

Sin pronunciar una sola palabra, uno de los encomendados mostró reverencia, agachó la cabeza y le entregó una carta. Fray Alonso de Azanza la leyó con tranquilidad. Respiró profundo, se peinó la barba tupida con los dedos de la mano izquierda, frotó con los de la derecha la cruz de Calatrava que pendía de su cuello; luego caminó hasta uno de los confinados y lo miró de pies a cabeza con desprecio. Uno de los verdugos le indicó con la mirada que él, ese, el primero en la fila, era Fray Francisco de Bustamante, el hereje al que debían castigar con mayor rigor.

—¿Vos sois, pues, quien ha tenido por beneplácito contradecir a la Iglesia y a la corona española? —preguntó mientras caminaba a su lado.

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