La legión de los inmortales – libro

Finales de agosto del 55 a. C., sudeste de Inglaterra; la flota romana que ha de invadir Britania se halla a merced de la mar gruesa. Doce mil hombres, a bordo de noventa naves, están bloqueados frente a las costas de Kent. Las olas rompen con vehemencia en la playa, donde miles de guerreros britanos han acudido para defender su tierra. Las condiciones del mar y el escaso conocimiento de los fondos obligan a los pilotos a mantenerse a distancia de la orilla. No obstante, los centuriones ordenan a los legionarios que se echen al agua y avancen. Es preciso desembarcar, combatir y tomar posiciones en tierra firme antes del anochecer: no solo hay que luchar contra los enemigos, también contra el tiempo. El agotamiento de una noche insomne en las aguas de la Mancha, la violencia del mar y la vista de tantos aguerridos combatientes provocan una especie de pánico colectivo que se propaga de nave en nave. Los mejores soldados del ejército más poderoso del mundo vacilan, tiemblan. Contravienen las órdenes de sus superiores, negándose a echarse entre los remolinos con el peso de las corazas. La invasión de Britania planificada por el gran César está naufragando aun antes de empezar…

Luego ocurre algo que cambia el curso de los acontecimientos y que ni siquiera las fuerzas de la naturaleza consiguen detener.

Un hombre se arroja al mar y avanza, solo, hacia el enemigo, elevando el símbolo más precioso de su civilización, el más poderoso: el águila de plata de la Décima Legión. En cuestión de instantes, miles de legionarios se lanzan al mar, dispuestos a combatir y morir con tal de no perder ese símbolo: la conquista de Britania ha empezado.

Los de abajo (Libro)

—Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano…
La mujer fijaba sus pupilas en la oscuridad de la sierra.
— ¿Y que fueran siendo federales? —repuso un hom¬bre que, en cuclillas, yantaba en un rincón, una cazue¬la en la diestra y tres tortillas en taco en la otra mano.
La mujer no le contestó; sus sentidos estaban puestos fuera de la casuca.
Se oyó un ruido de pesuñas en el pedregal cercano, y el Palomo ladró con más rabia.
— Sería bueno que por sí o por no te escondieras, Demetrio.
El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó un cántaro y, levantándolo a dos manos, bebió agua a borbotones. Luego se puso en pie.
— Tu rifle está debajo del petate —pronunció ella en voz muy baja.
El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descansaban un yugo, un arado, un otate y otros aperos de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas dormía un niño. Demetrio ciñó la cartuchera a su cintura y levantó el fusil. Alto, robusto, de faz bermeja, sin pelo de barba, vestía camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate y guaraches.
Salió paso a paso, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche.
El Palomo, enfurecido, había saltado la cerca del co¬rral. De pronto se oyó un disparo, el perro lanzó un gemido sordo y no ladró más.
Unos hombres a caballo llegaron vociferando y maldiciendo. Dos se apearon y otro quedó cuidando las bestias.
—¡Mujeres…, algo de cenar!… Blanquillos, leche, fri¬joles, lo que tengan, que venimos muertos de hambre.
— ¡Maldita sierra! ¡Sólo el diablo no se perdería!
— Se perdería, mi sargento, si viniera de borracho como tú…
Uno llevaba galones en los hombros, el otro cintas rojas en las mangas.

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