Enigmas de los dioses del México antiguo – Trilogía

El sonido de las cadenas arrastrando por el piso jamás taladró tanto ni fue tan lúgubre en el recién construido monasterio de la Ordo Praedi-catorum en Atotonilco, como la madrugada del primero de noviembre de 1556. Justo al dar la medianoche los siete frailes provinciales de la Ordo Frátrum Minórum, acusados de herejía’ y traición a la corona española de Felipe II, fueron ingresados —con las cabezas cubiertas con tapujos negros y encadenados de pies y manos— al pequeño monasterio tras un recorrido a pie de diecisiete leguas desde México. La comitiva, dirigida por otros diez frailes de la Orden de Predicadores, llevaba por mandato entregar a los confinados a más tardar antes del amanecer. Fray Alonso de Azanza los recibió en la entrada con su hábito blanco, túnica, escapulario, capucha, capa negra y una cruz de Calatrava que le colgaba del cuello.
—Laudare, Benedicere, Praedicare —dijo al abrir la pesada puerta de madera. (El lema de la Orden Dominicana: Alabar, Bendecir y Predicar.)
Sin pronunciar una sola palabra, uno de los encomendados mostró reverencia, agachó la cabeza y le entregó una carta. Fray Alonso de Azanza la leyó con tranquilidad. Respiró profundo, se peinó la barba tupida con los dedos de la mano izquierda, frotó con los de la derecha la cruz de Calatrava que pendía de su cuello; luego caminó hasta uno de los confinados y lo miró de pies a cabeza con desprecio. Uno de los verdugos le indicó con la mirada que él, ese, el primero en la fila, era Fray Francisco de Bustamante, el hereje al que debían castigar con mayor rigor.
—¿Vos sois, pues, quien ha tenido por beneplácito contradecir a la Iglesia y a la corona española? —preguntó mientras caminaba a su lado.

El señor del Tiempo

Me queda poco tiempo para escribir este relato. Incluso mientras se seca la tinta en mi pergamino, siento
que se aproxima el destino que se cierne sobre nosotros
y, aunque no poseo la visión de un mago sé que no confundo su causa ni su propósito. Es posible que nuestros
días estén contados, pero como el más docto historiador
de los Señores de la Península de la Estrella, es mi deber
legar a la posteridad todo lo que pueda sobre los sucesos
que ocasionarán nuestro final. No eludiré este deber, si
los dioses del Caos me conceden un plazo suficiente.

Los Pilares de la Tierra

«Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento. Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de las covachuelas, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una ligera capa de nieve reciente como si le hubiesen dado una nueva mano de pintura y sus huellas fueron las primeras en macular su perfecta superficie. Se encaminaron a través de las arracimadas chozas de madera y a lo largo de las calles de barro helado hasta la silenciosa plaza del mercado donde la horca permanecía a la espera.»

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